Cena de Navidad

El fatídico día había llegado. Y me pillaba como todos los años, despistado. Al salir del trabajo inicié mi peregrinación a un centro comercial para adquirir tres regalos; para mi hermana Beatriz, para mi cuñado Paco y para el cabroncete de mi sobrino, Pablito.

Desde la muerte de mis padres, Beatriz había cogido el testigo de ser la anfitriona de las cenas Navideñas.

No soporto la Navidad, me parece un despliegue de consumo innecesario que nos han inculcado desde siempre, y una válvula de escape para la mayoría de los mortales, donde se supone que son todo buenas intenciones y el amor inunda nuestros corazones.

Sobre todo, el de esos dos padres que están a punto de llegar a las manos por el último juguete, que ambos quieren.

Tendré que pasar por mi apartamento para vestirme para la ocasión. Siempre me pongo una camisa hawaiana y un sombrero Panamá para la cena de Navidad. Es mi manera de protestar, y de paso, de poner en ebullición a mi hermana Bea. «Doña Perfecta», una maniática del orden y el control que tendrá hasta el más mínimo detalle de la cena previsto. Todo, para que sea una noche inolvidable.

—Hola hermanita —dije mientras le daba dos besos.

—Hola cariño. ¿Cuándo me vas a dar el gusto de venir vestido como Dios manda?

El primer reproche en el rellano de la casa, «Bea sigue en forma» pensé.

—Pablito, ha venido el chache Rafa, ven a saludarlo. Pasa, no te quedes ahí como un pasmarote.

—Y Paco, ¿dónde lo tienes?

—Está en la cocina, ayudándome.

Ya en el salón, vi la preciosa mesa que había preparado mi hermana, sin falta de detalle alguno. Pero…

—Bea, creo que has puesto un cubierto de más.

—No cielo, están correctos —me dijo con una pícara sonrisa.

—No, por favor, otra vez no.

Mi hermana no entendía que a mis cuarenta años siguiese soltero, y a la menor ocasión intentaba buscarme una novia. Hoy, no iba a ser menos.

—Hola chache —me dijo el renacuajo de mi sobrino, abrazándome y alcanzando mi espinilla con unos zapatos de vestir con un ribete, que me dejaron sin habla.

—Hola Pablito, qué recibimiento más bueno —dije mientras me frotaba la parte afectada.

El enano sonreía con malicia.

—¿Qué me has traído chache?

—No, los regalos son para después de la cena, no antes —Zanjó Bea.

—Dímelo chache, dímelo —Insistía dando saltitos.

—Ha dicho mamá que después de la cena, pero te diré que, cuando lo veas, te vas a cagar.

—¡Me voy a cagar! ¡Me voy a cagar! —Se alejó gritando el pequeño trol.

Mi cuñado Paco salió a saludarme y volvió con rapidez a su cautiverio, en la cocina.

—Bea, creo que Pablito ha dejado un regalo, junto al sofá.

—No, no, Dios mío, hoy no —dijo Bea, que veía como el cagón le podía arruinar la noche.

El pequeño terrorista, estaba empezando a controlar los esfínteres, y lo llevaba bien, pero los emplazamientos estaban desperdigados, tenía la casa como un campo de minas.

Sonó el timbre, mi hermana se alteró aún más.

—No, no, ahora no.

La pobre Bea iba a entrar en pánico, su orden y su planificación se desmoronaban por un detalle de mierda.

—Yo me encargo, abre la puerta —dije en un arrebato de compasión.

Cogí una servilleta de papel y me dispuse a desactivar la mina.

Escuchaba a mi hermana recibiendo a la que sería mi acompañante durante las próximas dos horas, como mucho.

Ya con el premio de la servilleta en mi mano, oí unos chisporroteos y miré hacia el árbol navideño. Pablito estaba meando sobre los enchufes que alimentaban las luces. Provocó un cortocircuito, el automático saltó y nos quedamos a oscuras.

Lo siguiente que noté fue como los gritos de mi sobrino cada vez se oían más cerca, venía corriendo hacia mí, chocó con mi mano y se llevó puesto el regalo navideño.

El cabritillo se conocía la casa a oscuras al milímetro, corría en busca de su madre y se abrazó a ella gritando y llorando.

Paco, el diligente cuñado, apareció casi al momento con una linterna, desconectó los enchufes del árbol, y avanzó hacia el cuadro de los interruptores de la vivienda. Los subió y la luz inundó la habitación.

Pablito había abrazado por error a la invitada recién llegada, creyendo que era su madre, al volver la luz la soltó y se agarró a Bea.

—¡Oh, Dios!, no, no…—Iba subiendo el tono de los lamentos de mi hermana.

Raquel, la invitada, estaba boquiabierta mirando su traje, juraría que ese montón de mierda que tenía estampado no lo llevaba cuando se lo puso.

Pablito hizo pleno, al retirarse del maternal abrazo, dejo a la vista el sello de sus deposiciones en el vestido de mi hermana, también.

Los siguientes minutos fueron caóticos, mi hermana llorando histérica, y pidiendo perdón a Raquel, que, con mucha compostura trataba de consolarla, viviendo una escena surrealista. Paco, en silencio, se exilió voluntariamente a la cocina.

En ese instante sentí lástima de mi hermana, con todas sus manías y su estresante y encorsetada forma de ser, ponía todo su corazón en hacer las cosas lo mejor posible, y siempre, por una razón u otra, todo se le terminaba torciendo.

Así que decidí echarle una mano, me acerqué a Raquel, y le dije:

—Hola, soy Rafa, estás guapísima, déjame darte un abrazo de mierda —Raquel sonrió y me abrazó, agradecida por normalizar la situación y llevar el angustioso trance a otro escenario, ya más distendido— Bea, mientras solucionáis este pequeño incidente, le voy a dar mi regalo a Pablito ya, creo que nos vendrá bien a todos.

Con el orinal que le regalé a Pablito, la noche se tranquilizó un poco.

Incluso Raquel resultó ser una espléndida compañía. La felicidad inundaba el rostro de mi hermana y eso me gustaba, me hacía sentir bien.

Hasta que Pablito decidió ponerse el orinal como sombrero.

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Mi nombre es Kidney, aunque todo el mundo me llama Kid. Soy el encargado en una planta de procesado y reciclado de residuos. Es un trabajo sencillo si todo va bien. El problema es que no siempre va bien. A veces se recibe más material de lo aconsejable para procesar,...

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